
Cáceres, 16 de febrero de 2026 — El Seminario Diocesano acogió este lunes, de 10:30 a 18:00 horas, la jornada anual de formación permanente del clero, un encuentro que reunió a todos los sacerdotes de la diócesis junto al obispo, D. Jesús Pulido Arriero, y a varios diáconos permanentes. La sesión, de carácter intensivo, estuvo centrada en uno de los ejes pastorales más actuales de la Iglesia: la sinodalidad y su concreción práctica en las parroquias, especialmente en el contexto rural.
El ponente principal fue D. Teófilo Nieto Vicente, sacerdote con amplia experiencia pastoral en la diócesis de Zamora, quien expuso la conferencia titulada “La sinodalidad en lo pequeño: equipos misioneros”. A lo largo de la mañana y la tarde, la reflexión combinó análisis cultural, fundamentos teológicos y ejemplos concretos de organización pastoral ya en marcha en territorios marcados por la despoblación y la escasez de sacerdotes en su diócesis de Zamora.
Una lectura cultural previa a la pastoral
La jornada comenzó situando el problema pastoral dentro del contexto social actual. El ponente señaló que muchas dificultades de la vida parroquial no son exclusivamente religiosas, sino culturales. Según explicó, la sociedad contemporánea está marcada por dos rasgos principales: el individualismo y el economicismo.
El primero lleva a vivir la fe como una práctica privada sin dimensión comunitaria, mientras que el segundo introduce criterios de eficacia y rentabilidad incluso en la vida eclesial. Este marco cultural, advirtió, termina influyendo también en la Iglesia, donde a veces se evalúa la pastoral por números, asistencia o resultados visibles.
Frente a ello, insistió en que el Evangelio no responde a la lógica de la rentabilidad, sino a la lógica de la comunidad y la gratuidad.
El mundo rural como cultura comunitaria
Una parte importante de la formación se dedicó a analizar la realidad rural. El ponente subrayó que el problema no es únicamente demográfico. El mundo rural, afirmó, constituye una cultura concreta basada en la cercanía, el conocimiento personal, la ayuda mutua y la pertenencia comunitaria.
Sin embargo, advirtió que el mayor riesgo actual no es la falta de sacerdotes, sino la desaparición de la comunidad. Cuando se rompe el tejido comunitario, la parroquia pierde su base, incluso aunque se mantenga la celebración sacramental.
La pastoral, por tanto, no puede limitarse a reorganizar parroquias o agrupar pueblos, sino que debe cuidar la vida comunitaria cristiana.
Qué significa la sinodalidad
La sinodalidad fue presentada no como un método organizativo ni como una serie de reuniones, sino como una forma de ser Iglesia. Caminar juntos implica que la comunidad cristiana no sea únicamente receptora de servicios religiosos, sino sujeto activo de la misión.
En este sentido, la Iglesia —explicó— ha de pasar de un modelo centrado exclusivamente en el sacerdote a otro en el que sacerdotes y laicos comparten la responsabilidad evangelizadora. La cuestión de fondo no es estructural, sino espiritual: discernir si la comunidad se convierte en cauce de la acción del Espíritu o se limita a conservar lo existente.
Equipos misioneros y celebraciones comunitarias
La propuesta pastoral concreta presentada durante la jornada fue la creación de equipos misioneros. Se trata de grupos formados por laicos y sacerdote que asumen conjuntamente la atención pastoral de varios pueblos.
En este modelo, los laicos desarrollan diversas tareas: catequesis, acompañamiento a enfermos, acción caritativa, acogida a inmigrantes y, especialmente, celebraciones dominicales de la Palabra cuando no puede haber Eucaristía. El objetivo no es suplir al sacerdote, sino mantener viva la comunidad cristiana cada domingo.
El ponente explicó que cerrar la iglesia dominicalmente en un pueblo transmite un mensaje de abandono. Mantener la reunión comunitaria semanal, en cambio, constituye un signo de esperanza y pertenencia.
El papel del sacerdote
La jornada también abordó la identidad ministerial. En el modelo sinodal, el sacerdote no desaparece, pero su función se transforma: de gestor sacramental pasa a ser acompañante, animador y garante de la comunión eclesial.
La diferencia, señaló, está entre “atender” —resolver servicios religiosos— y “acompañar”, que implica presencia real en la vida de las personas: enfermedad, duelo, celebraciones y procesos vitales.
Un proceso gradual
La implantación de esta pastoral no se plantea mediante decretos ni estructuras inmediatas. El método propuesto es progresivo: llamada personal, pequeñas responsabilidades, formación y crecimiento comunitario. La sinodalidad, concluyó el ponente, no se impone, se cultiva.
Un horizonte de Iglesia
La jornada concluyó con un tiempo de diálogo entre los sacerdotes. La formación quiso ofrecer no solo respuestas organizativas ante la disminución de clero, sino una visión eclesial de futuro. Según se expuso, la sinodalidad no surge simplemente por la escasez de vocaciones, sino como una forma de recuperar la experiencia original de la Iglesia: comunidades cristianas corresponsables en la misión.
El encuentro permitió al presbiterio diocesano reflexionar conjuntamente sobre el momento pastoral actual y sobre los caminos posibles para sostener la vida cristiana en pueblos y ciudades, manteniendo viva la presencia de la Iglesia en la realidad cotidiana de las personas.









