
Los sacerdotes de la diócesis de Coria-Cáceres participaron el pasado 15 de enero de 2026 en una nueva sesión de Formación Permanente del Clero, centrada en la etapa post-Congreso de Vocaciones y orientada a renovar la conciencia vocacional de la Iglesia en el actual contexto pastoral.
Bajo el lema «¿Para quién soy? Para el Señor, en los hermanos» (Jn 1,39), el encuentro fue presentado como un auténtico kairós, un tiempo de gracia para afrontar la falta de vocaciones no como un problema estadístico, sino como una llamada del Espíritu a una conversión pastoral profunda.
Toda vida es vocación
Uno de los ejes centrales de la reflexión fue la afirmación de que toda vida es vocación. Se recordó que la primera vocación universal es la existencia como don recibido y que la segunda es la dicha que brota cuando la vida se vive como entrega. De ahí el llamado kerigma vocacional: «Soy amado, luego soy llamado», una certeza que se cultiva a través de la Palabra, los sacramentos y la comunidad cristiana.
De la cultura del “pienso” a la del “soy llamado”
El encuentro subrayó la necesidad de promover una auténtica cultura vocacional que ayude a pasar del “pienso, luego existo” al “soy llamado, por eso vivo”, en una sociedad marcada por el individualismo, el materialismo y la crisis antropológica. Entre los pilares de esta cultura se señalaron la amistad con Jesús, la interioridad y la oración, la iniciación cristiana, las experiencias profundas de fe y las comunidades que disciernen juntas.
La Iglesia, familia de llamados
Se insistió también en que la Iglesia es una verdadera familia vocacional, una “asamblea de llamados para la misión”, donde todos comparten la misma vocación cristiana y cada uno la vive desde su forma particular: laical, sacerdotal, consagrada, misionera o matrimonial. La fidelidad a cada vocación concreta, se remarcó, renueva a toda la Iglesia y permite mostrar al mundo el rostro completo de Cristo.
Crear un Servicio Diocesano de Pastoral Vocacional
Entre los retos planteados, destacó la propuesta de impulsar un Servicio Diocesano de Pastoral Vocacional, con presencia de clero, consagrados y laicos, que coordine y dé “alma vocacional” a todas las acciones existentes: campañas como la infancia misionera, formación y oración. El estilo propuesto quedó sintetizado en una expresión: no decir “vayan”, sino “vamos”, subrayando que la vocación se cuida caminando juntos.
Cuidar al cuidador y fortalecer la fraternidad
Otro de los puntos destacados fue la llamada a cuidar la vida personal y ministerial de los sacerdotes, especialmente ante realidades como el estrés, el agotamiento emocional o el burnout. Se recordó que el ministerio se vive “en curva”, con etapas de crecimiento y desgaste, y que la santidad no es un logro individual, sino un camino compartido que sana la fragilidad en la fraternidad.
En este sentido, se pidió reforzar el sentido de pertenencia a la diócesis, la fraternidad presbiteral, la colaboración con el obispo y la acogida mutua, superando divisiones generacionales o de procedencia, recordando que la fraternidad no es opcional, sino condición para contagiar vida y vocación.
Un compromiso de futuro
La jornada concluyó con un tono de esperanza y responsabilidad compartida. El Congreso de Vocaciones, se subrayó, no puede quedar en un recuerdo, sino traducirse en compromisos concretos: construir juntos el Servicio Diocesano de Pastoral Vocacional, normalizar la vida como vocación, vivir la santidad como camino comunitario y no perder la ilusión. La oración compartida y la formación continua serán el terreno fértil donde brote esta nueva etapa vocacional en la diócesis.



